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La Estación del tren en Barbosa
Víctor Bustamante
…
El
ferrocarril nunca llega únicamente a un lugar: también arriba a un tiempo
distinto. Cada estación es una pausa en el curso de la historia y, al mismo
tiempo, una promesa de otra continuidad. Barbosa se volvió ferroviaria al
integrarse a la línea trazada desde Botero; luego fue el silbato de las
locomotoras, después el edificio que habría de darle hospedaje transitorio a
los viajantes. Como ocurre con tantas obras humanas, la realidad se adelantó a
la arquitectura.
… La denominada línea del río Porce,
segunda división del Ferrocarril de Antioquia en el Valle de Aburrá, inició
oficialmente su recorrido desde la Estación Botero hacia Barbosa el 26 de
octubre de 1910. La entrega formal de la línea se produjo el 5 de enero de
1912, aunque desde octubre de 1911 los trenes ya prestaban servicio entre ambas
localidades. Los rieles avanzaban con la impaciencia del progreso, que es nada
menos que la intención de los viajeros y del comercio que necesitan agilidad, mientras
los edificios que debían conferir permanencia a ese avance marchaban con
lentitud y tropiezo. Solo a partir de septiembre de 1915 continuarían las obras
de extensión hacia Medellín.
… Los periódicos con tantas
vicisitudes y entusiasmo, testigos de primera línea, transmitían el optimismo
propio de una sociedad que veía en el ferrocarril una victoria sobre la
geografía. El 26 de julio de 1911 El
Tiempo anunciaba que muy pronto sería inaugurada la Estación Barbosa.
Restaban apenas diez o doce leguas de terreno llano, sin dificultades de
consideración. El artículo concluía con una frase reveladora de aquel espíritu:
el Ferrocarril de Antioquia era ya "una cosa hecha", lo que equivalía
a decir que se había consumado la redención de Antioquia. En esa expresión
convivían la ingeniería y la esperanza de progreso, como si las líneas de acero
tuvieran la capacidad de corregir el destino para redefinir la historia.
… Pero la historia rara vez avanza con
la uniformidad de los discursos triunfales. Mientras los rieles se tendían con
notable tardanza, las estaciones eran todavía proyectos, dibujos sobre una mesa
o cimientos apenas insinuados. La inauguración simbólica de una estación muchas
veces precedía al edificio mismo, señalando el lugar donde algún día la
arquitectura alcanzaría a la llegada de la locomotora.
… El 27 de octubre de 1911, nuevamente
El Tiempo publicó una entrevista con
el superintendente del Ferrocarril de Antioquia, el doctor Carlos Cock. A una
pregunta sobre la apertura del servicio hasta Barbosa respondió que la línea
estaría lista para el público a comienzos de enero del año siguiente. Allí
existiría una estación modesta, suficiente para atender el movimiento inicial.
La comunicación con el poblado se haría mediante un puente provisional de
madera, construido por apenas cuatrocientos pesos oro. El puente definitivo,
cuyo costo ascendía a doce mil pesos, habría de esperar tiempos más favorables.
Aquella diferencia entre la obra provisional y la permanente resume, quizá
mejor que cualquier estadística, la constante negociación entre el ideal del
progreso y las limitaciones del presupuesto.
… En la misma conversación, Carlos
Cock explicó que la banca entre Barbosa y Girardota se encontraba muy adelantada.
Con una inversión adicional de cuarenta mil pesos podría concluirse la obra, en
la que ya se habían invertido más de ciento cuarenta mil. Doscientos
trabajadores laboraban entonces en el tramo, cifra que pronto se duplicaría
para permitir la llegada del servicio ferroviario hasta Girardota durante el
segundo semestre de 1912. El ferrocarril no era solamente una línea sobre el
mapa: era un organismo vivo, sostenido por centenares de hombres anónimos cuya
fatiga y aposte permanecía invisible detrás de las cifras oficiales.
… Las estaciones reflejaron esa
diversidad de circunstancias. No todas poseían la misma jerarquía ni respondían
a idénticas aspiraciones arquitectónicas. Su importancia dependía de la
población atendida, de la actividad económica circundante y de las conexiones
regionales que articulaba. Barbosa, Santiago, Popalito, Botero y Porce fueron
concebidas como edificaciones sobrias: volúmenes sencillos de tapia,
enriquecidos por una refinada carpintería en madera. Otras, como El Limón, El
Hatillo, Villa y Medellín, exhibían propuestas arquitectónicas más ambiciosas,
donde la mampostería, el eclecticismo o la monumentalidad expresaban una
jerarquía distinta dentro de la red ferroviaria.
… La mayor parte de estas estaciones
se levantó después de la entrega oficial de la línea. Los trenes llegaban antes
que estos complejos; el movimiento precedía al refugio. Esa secuencia revela
una lógica profundamente moderna: lo esencial era garantizar el tránsito. La
arquitectura podía esperar.
Las restricciones económicas
terminaron por influir decisivamente en el aspecto de las edificaciones. Hacia
1912 la planta técnica de la división Porce se había reducido
considerablemente. Permanecían el superintendente Ernesto Cadavid, el ingeniero
de sección Pablo E. Pérez, el ayudante Eleazar Arango y el dibujante Théophile
Teche. Poco antes aún figuraban el ingeniero arquitecto Enrique Olarte y los
dibujantes Arturo Longas y Raúl Quevedo, pero la supresión del cargo de
arquitecto modificó el rumbo de muchos proyectos. Es probable que fueran los
propios dibujantes quienes asumieran el diseño de algunas estaciones. Cuando en
julio de 1912 se aprobaron los planos de Barbosa y Girardota, Teche era el
único integrante de la oficina de dibujo. Todo indica que sobre él recayó la
responsabilidad de proyectar edificios discretos, funcionales y compatibles con
la estrechez de los recursos disponibles.
… Así surgió la Estación Barbosa: una
construcción sin pretensiones monumentales, elaborada con materiales
tradicionales —tapia y teja de barro—, pero cuidadosamente proporcionada. En
1915 una descripción señalaba que, como las demás estaciones de aquella sección
del ferrocarril, sus edificios eran "risueños y de limpio aspecto".
Los muros, de tapia apisonada, alcanzaban cuarenta y cinco centímetros de
espesor y cinco metros de altura. Para contener su verticalidad se reforzaban
mediante bastiones en las esquinas, mientras un amplio tejaroz de madera
protegía los muros del sol y de la lluvia. La cubierta, sostenida por cerchas
de madera y revestida con teja de barro, permanecía oculta tras los muros
ático, protegidos por plaquetas cortagoteras.
Sin embargo, la solución constructiva
contenía el germen de su propia fragilidad. Los muros áticos facilitaron la
penetración de la humedad y aceleraron el deterioro de las tapias. Décadas más
tarde, cuando la estación comenzó a desmoronarse, las advertencias de
arquitectos, historiadores y administraciones municipales chocaron contra un
obstáculo burocrático: el edificio pertenecía a Ferrovías, entidad del orden
nacional, y el municipio carecía de facultades para intervenirlo; es obvio que
tampoco les interesaría preservarlo. Desde los años 80 más o menos ninguna
administración se dio cuenta que en el municipio existía la estación del tren.
La ruina avanzó con la misma paciencia con que antes había avanzado la
construcción.
… De este complejo arquitectónico permanecieron,
sin embargo, la bodega y la casa del jefe de estación y la casa del ingeniero,
capaces todavía de integrarse a un espacio público que enlazara el parque
principal a través del camellón o vía a la estación. Como suele ocurrir con los
paisajes de la memoria, aquello que sobrevive en apariencia no siempre es lo
más importante, pero sí lo suficiente para recordar lo perdido.
… La historia del ferrocarril también
quedó escrita en episodios mínimos, casi olvidados por las grandes narraciones.
El 2 de mayo de 1914 la prensa informó que el notable ingeniero José María
Jaramillo Martínez había sufrido un grave accidente cerca de Barbosa mientras
inspeccionaba la línea del ferrocarril. La noticia ocupó apenas unas líneas,
pero basta para recordar que detrás de cada kilómetro construido existieron
cuerpos expuestos al riesgo y vidas entregadas a una empresa que transformó la
geografía antioqueña.
… Quizá por eso las antiguas
estaciones producen una emoción difícil de explicar. No son únicamente
edificios. Son la materialización de una confianza colectiva en el futuro.
Cuando desaparecen, no se pierde solamente un ejemplo de arquitectura
ferroviaria; también se desvanece una manera de imaginar el tiempo, cuando el
progreso parecía avanzar con el ritmo pausado de una locomotora y cada estación
era la promesa de que el mundo, por fin, estaba un poco más cerca.
… El 13 de mayo de 1914, El Tiempo informó que los maestros de
las escuelas públicas de Barbosa llevaron en tren a sus alumnos a Medellín con
el plausible propósito de darles una lección ecuánime en el Museo de esa
ciudad, así como hacerles conocer al gobernador y enseñarles el respeto que el
mandatario merecía. La distancia recorrida por los escolares fue de 41
kilómetros. Eso sí, fueron recibidos a pedradas en los alrededores de la
quebrada Santa Elena, no como un acto de bienvenida, sino como una travesura,
nunca memorable, de los muchachos díscolos de la Villa.
… Un suceso ocurrido poco después da
cuenta de la responsabilidad que exigía el manejo del ferrocarril. Por la
inexperiencia de un peón encargado provisionalmente del manejo del suiche en la
Estación Barbosa, el coche de primera clase del tren de la mañana, que iba
hacia Botero, se salió de la línea y quedó inclinado. Felizmente no ocurrió
ninguna novedad con los pasajeros. Tanto el encargado de los suiches en Barbosa
como el peón que hizo el cambio fueron reducidos a prisión.
… Por este valle, entonces muy
despoblado, pasó Rufino Gutiérrez, geógrafo y escritor, quien en su artículo
Impresiones de Antioquia. La División del Porce (1917), escribió, recordando su
recorrido del 18 de abril de ese mismo año:
“Los carros de pasajeros son bastante
buenos y cómodos, tanto los de primera como los de segunda y tercera. Los
vagones de carga me parecen de los mejores que los de otros ferrocarriles. El
balastaje, las cunetas, los taludes y los desagües los encontré muy bien, mejor
que los de las demás vías del país.
… Me gustó ver que no se permite fumar
en los carros de primera ni permanecer en las plataformas. En cambio, los
empleados del tren no tienen uniforme y el conductor no avisa siempre a los
pasajeros el nombre de la estación a que va llegándose. Las locomotoras no
pitan para avisar a los vecinos que se preparen a tomar el tren o que salgan a
recibir a los pasajeros a quienes esperan, pero sí dan un pitazo muy corto en
cada poste kilométrico”.
… Algo es cierto: Rufino no se interesó
en detallar la estación y menos aún en referirse a Barbosa. Pasó de largo hacia
Medellín y Sopetrán.
Pero su gran cronista, Luis Tejada, en
1920, tampoco se detuvo después de tanto tiempo para dejar su versión. En
cambio, escribiría:
… “No hubo más remedio; aquel sábado tomé el tren, después de envolver cuidadosamente
unos pantalones de repuesto, por si me tumbaba el macho en el camino.
… En la estación encontré puntualmente
a Pancho Villa, alto, negro, con el hocico claro y peludo y las orejas nerviosas;
me eché una sincera bendición, porque nunca soy tan cristiano como cuando me
acerco a una mula desconocida, y la emprendí por el sendero amarillo hacia la
cordillera”.
… El 4 de octubre de 1932, en ese paso
vertiginoso del tiempo que arrastra toda clase de sucesos hacia la nebulosa del
olvido, se informó que el gran actor mexicano Arturo Rambal estuvo con su
compañía teatral unos minutos en esta estación, de paso hacia Medellín. Ya en
la década de 1960 regresaría como actor de cine consagrado en El Mártir del Calvario, película que se
proyectó no solo en Barbosa, sino en todo el país durante mucho tiempo.
… Ese mismo año también pasó por la
estación Jorge Eliécer Gaitán, quien venía desde Medellín en un tren expreso
fletado por el Partido Liberal para hacer campaña en cada una de las estaciones
del recorrido, se detuvo unos minutos, los suficientes para dar sus arengas y
prometer un mejor país.
… Otro cronista relevante, Adel López
Gómez, en Una visita a la mina de Caramanta, publicada en El Tiempo el 18 de diciembre de 1949, escribió:
… “Estamos en Barbosa.
… —¡Chicharrones, chorizos, sabaletas!
—dice el pregón de las mujeres; canta el grito de los niños a lo largo del tren
detenido.
… Cómo le gustarían a Inés estas
sabaletas recién salidas de la sartén, tostaditas y olorosas, que fueron
pescadas esta misma mañana en el río”.
… Me sorprende como la prolijidad de Adel
haya sido tan llena de parquedad, cuando él sus textos da rienda suelta al
detalle. Pero no es para menos él tiene un propósito, visitar una mina de oro
en Caramanta.
Con el paso de los años en la Estación
Barbosa se va escribiendo su historia, aquella de los eventos inesperados, y así,
como de aquellas personas que estuvieron de paso, que enseñan como la vida cotidiana
trae la sorpresa de algunos visitantes
que salen de su pasarela portátil y llegan por estas tierras a través de lo más
común: el viaje.
… Uno de esos instantes ocurrió el 14
de marzo de 1940 cando fue traído desde Bogotá el cadáver del insigne ingeniero
civil Alejandro López. Lo acompañaban el presidente Santos y una comitiva de
alto nivel que había viajado desde la capital en un vuelo de Scadta. Luego de
la ceremonia fúnebre, el ataúd fue colocado en el último vagón, cubierto con
paños negros, adornado con la bandera nacional y literalmente abrumado por
ofrendas florales.
… La marcha se inició desde Medellín
en un tren de diez vagones ocupados por distinguidos personajes de la ciudad,
entre ellos el gobernador, los secretarios de despacho, altos dignatarios del
Ferrocarril de Antioquia, una compañía del regimiento, profesores, alumnos de
la Escuela de Minas y los familiares de Alejandro López. El tren llegó a La
Quiebra a las siete de la noche y regresó a la medianoche.
… El doctor Alejandro López había
manifestado su deseo de ser enterrado bajo las paralelas de la carrilera, en la
mitad del Túnel de La Quiebra, la máxima obra del Ferrocarril de Antioquia,
ideada por él. Sin embargo, no fue posible cumplir su voluntad, pues ello
habría interrumpido el paso de los trenes. Se decidió entonces construir su
tumba en una roca, a un costado del túnel. Dos mineros fueron contratados para
ejecutar la obra.
… El convoy fúnebre se detenía en las
estaciones intermedias para rendir homenaje a López: Bello, Copacabana,
Girardota, Barbosa, Botero, Porcesito, Santo Domingo y Santiago. A su paso, el
vagón mortuorio fue visitado por humildes campesinos y otras personas, sus admiradores,
que subieron para ofrecer oraciones y depositar ofrendas florales en la despedida
del ingeniero.
… Entre los viajeros que dieron lustre
a la Estación Barbosa se encuentra el fotógrafo Sady González. En la tarde del
domingo 7 de diciembre de 1941 coincidió allí con Esperanza Uribe, quien se
encontraba casualmente con dos amigas. Ella advirtió que, a cierta distancia,
un señor fingía leer el periódico mientras insistía en observarla. Cuando llegó
el tren y ella subió, él le indicó que a su lado había una banca vacía esperándola.
… De aquella contingencia nacieron no
solo el amor, sino también una fecunda sociedad de trabajo que dio prestigio a
Foto Sady en Bogotá. Él, maestro del fotoperiodismo, recorría los pueblos de
Antioquia, Cundinamarca y Boyacá captando imágenes con una naturalidad
admirable. De esa unión nació un hijo: el escritor Guillermo González Uribe.
… Por supuesto, esta estación también
forma parte de mi memoria. Aún conservo indeleble el recuerdo de mi primer
viaje a Medellín, en los años sesenta, cuando, de la mano de mi padre,
permanecía frente a una locomotora de negro metálico que exhalaba vapor de
agua, y resoplaba con afán como un furioso dragón mitológico para proseguir su
marcha mientras algunos técnicos vertían aceite en los ejes con aceiteras de
pico largo.
… También, con algunos amigos de la
escuela, los rieles de la estación eran un reto para dispones a lo largo de sus
lomos metálicos tapas de gaseosa para verlas aplanarse bajo el paso del tren
que seguía raudo hacia Medellín. Cuántas caminatas hice por sus corredores
exteriores; cuántas veces entré a aquella amplia bodega donde se vendían los
tiquetes, al lado derecho, mientras unas sillas servían de descanso a los
pasajeros y, al fondo, permanecían almacenados y aforados los paquetes y los bultos
con las mercancías.
… Afuera, el director de la estación,
Fabio Zuleta, hacía sonar la campana de cobre y, mediante un aro sujeto a una
larga vara, entregaba un mensaje al maquinista, quien aminoraba la marcha.
Cuántos veranos recorrí sus alrededores para tomar una gaseosa en alguno de los
bares del frente, caminar junto a la casa del director de la estación,
acercarme a la vivienda del ingeniero y contemplar aquella armazón del tanque
de agua desde donde se abastecían las locomotoras para mantener la presión.
… Pero no hablaré más de esta parte,
ni de los accidentes que los hubo, ni de las ceremonias de sangre, porque no
quiero que se manche esta memoria.
… Lo único cierto y letal, frente al
desaforado paso de los acontecimientos y al abandono de la Estación Barbosa, es
que se permitió que la naturaleza reclamara lo suyo; frente a quienes la
desmantelaron, ante la desidia de las llamadas autoridades municipales,
inútiles y presuntuosas, que nada hicieron para impedir su destrucción y
dejaron arrasar el patrimonio del municipio, que solo queda buscarlo en los
testimonios que conservan su historia.
… Queda también la certeza de que
aquel lugar, que conectó al pueblo con el resto del departamento y del país.
Indagar en su existencia evita que la memoria del tren se reduzca a un informe
infatuado o a una huella perdida. Allí permaneció, durante décadas, la
presencia tan valorada, tan querida, tan sentida y tan amada de la Estación
Barbosa del Ferrocarril de Antioquia en un pueblo que, paradójicamente, tampoco
ha sabido valorar su propia historia.
… Las babas de los políticos
produjeron una ley en 1997 que declaraba patrimonio todas las instalaciones de
los Ferrocarriles Nacionales. Pero eso no bastaba. No hubo manera de hacerla
cumplir. Lo demás fueron más y más leyes arrumadas en esta Patria Boba como
basura: la misma historia falaz e improvisada de quienes legislan y creen que
un país se ordena simplemente entreteniéndolo acumulando leyes.
Bibliografía:
Patrimonio urbanístico y
arquitectónico del Valle de Aburrá, Un proyecto del Área
-Metropolitana del Valle de Aburrá.
Capítulo de Villa a Área Metropolitana. - Roberto Luís Jaramillo V., Capítulos
Edificaciones para el comercio y Estaciones del Norte y del Sur. Luís Fernando
González E., Otros capítulos: Giuliana Guerra Gómez y Gloria Ceballos Restrepo.
Medellin, Litoimpresos, Colombia, 2010
-Gutiérrez, Rufino. Monografías, Imprenta
Nacional, Bogotá, 1920
-Jesús Cañas Escobar, Fotografías.





